El Rey de la Montaña tiene un nuevo orden


No es una tarde de invierno cualquiera si alguien decide sacar la chequera para comprar TNA. Y justo eso fue lo que hizo Anthem Media hará 6 meses, adquiriendo Impact Ventures y desencadenando una sucesión de transformaciones dentro de la empresa nativa de Florida, tanto en su organización interior, como en la puesta en escena de cara al público.



Pese a que tanto lo que ocurre en su estructura organizativa, como lo que pasa vista de las cámaras podría ser desgranado y analizado metódicamente, mi intención es remitirme al segundo apartado, pues es el que yo más valoro como fan, al igual que harán aquellos casuals cuya atención fuese reclamada al inicio de esta “nueva era” en Impact, ya fuera por simple curiosidad, o por morbo de ver a Jeff Jarrett regresando a la empresa que él creó hace 15 años.

Pero toda esta marea de cambios había comenzado meses antes, justo en el momento en que Billy Corgan fue nombrado presidente de la compañía, cumpliendo las plegarias de la IWC al desbancar a Dixie Carter de tal puesto. Aunque tal cambio no provocó marcadas variaciones en la disposición del producto semanal, es el mayor ejemplo de una inestabilidad que culminó en las grabaciones de marzo de 2017, dejando patente que, pese a conservar el ring hexagonal y la ambientación típica de la Impact Zone, el nombramiento de JJ como jefe creativo alteró dos campos concretos de los shows semanales en la ahora llamada Global Force Wrestling que ahora trataré, comenzando a surgir las comparaciones entre la situación actual y la vivida hará un año por estas mismas fechas.





Tristes huidas y agridulces llegadas

No es mi intención ahondar en la reestructuración de plantilla, pues eso sería centrarse en un análisis demasiado superficial de la situación. Lo que sí vale la pena, al menos, es remarcar algunas de las incorporaciones y bajas que experimentó la compañía en este reciente periodo. Con diferencia, el ejemplo más sonado fue la salida de los hermanos Hardy, pues aún repercuten los problemas legales que originó la marcha de dos de los mayores draws de TNA en años, quienes partieron pese a una primera iniciativa de continuar. Como sustituto y nuevo buque insignia, llegó el polémico Alberto El Patrón (actualmente suspendido), quien se erigió como top face necesario tras la marcha de los Hardys. 


Aterrizaron además wrestlers como KM o Chris Adonis, a los que le quedó muy grande el espacio dejado por gente como Mike Bennett o Drew Galloway. Estas incorporaciones se aderezaron con acuerdos internacionales que permitieron la llegada de talentos de AAA, NOAH y The Crash, aportando variedad al plantel. Prácticamente nada positivo que comentar de la Knockouts; a la sensible baja de Jade se respondió con las contrataciones Christine Von Eerie y ODB, luchadoras de nivel limitado quienes permanecen bajo contrato pese a no aparecer prácticamente en TV.


La ya mencionada salida de los hermanos de Cameron fue, junto con la de Crazzy Steve, la desencadenante de una remodelación de la división por parejas desde sus pilares. Reno Scum, Laredo Kid & Garza Jr., V. O. W, y unos renovados LAX aterrizaron en Impact con la complicada tarea de hacer olvidar a los creadores del Broken Universe. Todos ellos tuvieron debuts bien gestionados, pero medio año después, tan solo el stable dirigido por Konnan ha sido capaz de asentarse, gracias a la personalidad y desempeño in-ring de sus miembros, hasta incluso resultar complicado hallarles oponentes a la altura, más aún teniendo en cuenta que, actualmente, se codean con el mismísimo campeón mundial.


Pero si hay algo por lo que toca felicitar a Jarrett y a su equipo, es sin duda el resurgir de la X-Division. Aquella marca y seña de identidad de TNA en sus comienzos, que llevaba a la deriva prácticamente desde que Austin Aries dejara su campeonato vacante en 2012, ha renacido del mejor modo posible. Y todo gracias a contrataciones de categoría como las de Matt Sydal o Desmond Xavier, acompañados de regresos emblemáticos como los de Low Ki o Suicide, los cuales fueron apoyados por el mejor aprovechamiento de wrestlers de la talla de Trevor Lee, en un marco compuesto por storylines profundas, con el cese de enfrentamientos aleatorios entre los mismos luchadores día sí y día también, tratando ahora de justificar la existencia del cinturón en vez de mantenerlo en pantalla por mero cumplimiento. Que los mejores workers de la empresa estén, en su mayoría, dentro de la X-Division no es casualidad, y viendo el MOTYC que ofrecieron dos de sus estrellas en Slammiversary, y el retorno de la Super X Cup, se nos invita a ser optimistas con el presente y futuro de la llamada división sin límites.

El enésimo nuevo enfoque


Los shows de Impact han cambiado. En una empresa que lleva 3 años realizando dos eventos de pago anuales, resulta evidente que la elaboración de todo el producto debe hilarse prácticamente por completo a partir de la programación semanal. Este encauzamiento se ha visto alterado, y fue perceptible desde el mismo momento en que Slammiversary comenzó a promocionarse en el primer programa bajo la batuta de Jarrett, aún con meses por delante hasta el evento. Impact ofreció el 9 de marzo, como primer main event de su nueva era, un Lashley vs. Patrón, el cual finalizó con un resultado abierto que pedía a gritos una revancha, y esta no sucedió hasta el 2 de julio, dentro del mencionado PPV. 


Con esto, no solo queda claro que en las oficinas de Nashville eran muy meticulosos con mostrar al público la segunda parte de uno de los enfrentamientos más llamativos que podían ofrecer, sino que, en esas 20 semanas de margen entre ambos matches, la única preocupación de los bookers en torno al campeonato mundial fue la de construir a los dos aspirantes de cara a dicho rematch; Alberto tuvo que superar infinidad de retos para ser #1 contender, mientras que las apariciones de Lashley se limitaban a promos vacias o combates intrascendentes con la excusa mantenerlo en pantalla.


Todo esto puede resultar convincente, pero si nos remitimos al año pasado, con el tercer reinado como World Champion de Lashley, nos percatamos de que este transcurrió a lo largo 3 meses, con 5 defensas titulares, y frente a 7 oponentes diferentes. A partir de la llegada de Anthem y la nueva dirección creativa, el cuarto reinado de Lashley duró 5 meses, basándose en 2 defensas titulares, y teniendo como rivales a tan solo dos 2 oponentes distintos (sin contar eventos One Night Only, los cuales no son canon). 

Básicamente, hace un año era típico ver a Bobby poner en juego su cinturón en rivalidades cortas de distinta índole, y gracias a ello, se creó en Lashley una figura de campeón sobresaliente´añadiendo gran intereses a su reinado; en cambio, desde el mismo día de aquel Lashley vs. Patrón I, sabíamos que un segundo match entre ambos no llegaría hasta Slammiversary, haciendo de todas las semanas previas al evento un mero trámite, con apenas incertidumbre y con escaso margen de bookeo sobre el campeón, debido al énfasis que querían tener en su storyline con Alberto, por encima de cualquier otra rivalidad en la que pudiera involucrarse el atleta de Colorado Springs.



Así, provocaron que The Destroyer llegara al PPV con un build-up como campeón deficiente, donde su enorme credibilidad ganada previa a la llegada de Jarrett camuflaba un pésimo trabajo de construcción sobre el tipo con más status de la empresa. No se molestaron prácticamente nada en darle tramas interesantes a Lashley de camino al gran evento, haciendo de sus apariciones durante los 3 meses que tardó en decidirse su retador algo muy forzado y trivial. Todos sabían que Alberto se enfrentaría a él, y no se molestaron en ocultárnoslo, ni siquiera juntando a Lashley con otros retadores peligrosos en este tiempo. Quizás podamos pensar que esto beneficia al título, ya que potencia storylines de cara a eventos grandes, pero como indico arriba, el objetivo de una empresa con 54 shows semanales y 2 eventos de pago anuales no debe ser centrarse en estos últimos, del mismo modo que un build-up de larga duración no implica necesariamente que se trate de un buen build-up.

Os pido por favor que os fijéis en esta tabla. Representa los eventos principales de los cinco primeros shows de Impact Wrestling posteriores a las ediciones de Slammiversary de 2016 y 2017.



Tras ver dicha tabla, queda explícito que en 2016 presenciamos una buena variedad de historias en la escena principal de cada programa, pues a Lashley le surgieron nuevos retadores tras concluir su rivalidad con Galloway, y los Hardys se vieron las caras en repetidas ocasiones durante su ya inolvidable historia. En 2017, la rivalidad entre LAX y El Patrón es el único ángulo que acapara el mayor spot del programa, sugiriendo al espectador que solo el campeón mundial es capaz de encabezar los shows, dejando en segundo plano el resto de storylines del show; es decir, justo lo contrario que el año pasado, donde encontrábamos mayor diversidad de historias y superestrellas en posiciones relevantes, ganando, gracias a ello, trascendencia de cara al público, lo que hacía este modelo más preferible.

Ya sea por escasez de estrellas o por capricho de manejo, los datos actuales colocan a El Patrón muy por encima de cualquier luchador, pese a que, desde mi visión personal, siento que hubo varias ocasiones en las que esta tendencia pudo verse alterada, ubicando otras tramas en un punto tan importante del programa (sin ir más lejos, el EC3 vs. Moose de la semana pasada quedó relegado a mitad de show, en detrimento de la enésima trifulca entre LAX y El Patrón). Pese a tomar esta pequeña muestra como ejemplo, la tónica general el resto del año fue similar en ambos casos.


Del mismo modo que hay preferencia por colocar la misma storyline en el foco principal, Impact rememora aquel viejo lema de “Wrestling matters here”, iniciando la mayoría de sus transmisiones con un combate. Llamadme conspiranóico, pero esta tendencia probablemente sea con ánimo de diferenciarse de la compañía de los McMahon, en cuyos shows semanales se tiene el hábito de empezar con algún tipo de promo.

Y siguiendo la propia línea empleada por WWE, GFW trata de utilizar a prácticamente todo su talento en cada programa semanal, añadiendo material a cada uno de sus ángulos semana a semana, o más bien, limitándose a crear combates sin ningún tipo de pretexto, para así colocar a cada miembro de su roster en algún lugar, y que todos tengan participación al final de cada show. Sin embargo, la mera implicación de los miembros de una storyline en pantalla no garantiza que la trama fluya, e incluso la puede entorpecer en muchos casos, pues termina restando frescura a las historias cuando no se añade nada nuevo al ángulo narrativo, a pesar de incluir a sus integrantes en pantalla. 


Un buen ejemplo de esto es la rivalidad entre Eddie Edwards y Davey Richards, la cual terminó por hacerse pesada debido a su duración, tratando de prolongarla más de lo necesario con tal de poder concluirla en un PPV que aún quedaba lejos, creando excesivos segmentos entre ambos. Tomando de nuevo 2016 como ejemplo, en algunos programas notábamos la ausencia de tipos importantes como EC3 o Lashley, pero esto servía para imprimir más fuerza en los anuncios de sus futuras apariciones, aumentando la incertidumbre y el hype de la audiencia. Además, sería de agradecer para muchas superestrellas no participar de forma tan periódica en los días de grabaciones que suele tener la empresa.


¿Me importa a mi un squash intrascedente de Lashley si con ello le quitas 5 minutos de tiempo a un interesantísimo Sonjay Dutt vs. Low Ki? ¿Realmente prefiero que Eli Drake se quede fuera de pantalla una semana para madurar una storyline o que se coma el pin en un nimio combate 3 vs. 3? Y sí, ya sé que Josh Mathews y Jeremy Borash se odian mucho, así que no necesito que me los enfoquéis en la mesa de comentaristas un par de minutos en cada previa de un combate para crear contexto.

Dixie, ¿puedes oírme?

Si hay algo indudable, es que la inversión realizada por Anthem ha salvado Impact Wrestling de la ruina. Rescataron un barco a la deriva, perdido tras muchos años de mala gestión en una directiva encabezada por Dixie Carter, cuyos acuerdos internacionales no compensan de ningún modo sus mucho más numerosas decisiones perjudiciales. Pero aquí vengo a tratar el aspecto creativo, y después de 6 meses contemplando la ejecución de las ideas de Jeff Jarrett, y teniendo presente aquel 2016 con el que, por primera vez en mucho tiempo, se contó con estabilidad en el ámbito creativo, quiero llegar a una conclusión e inclinarme por un modelo de producto. ¿Los shows de Impact estaban mejor antes, o ahora? Analizándolo los distintos campos, debo quedarme con el producto ofrecido el año pasado, en detrimento de la propuesta actual de Prichard, D’Amore y compañía.



Y claro, muchos me tildareis de oportunista cuando nos encontramos en un periodo donde la enorme falta de star power y la obligada remodelación de divisiones lastra el atractivo de Impact, pero no es eso lo que más me importa al decidirme por los meses anteriores a la llegada de Jarrett. Cuando el autoproclamado King of the Mountain aterrizó en Orlando, alteró ciertas perspectivas, destacando un enfoque hacia un modelo tradicional de wrestling, realista, sin cabida para personajes fantásticos, ni segmentos cómicos que rozaban lo irreal, o mayordomos con pistolas taser. 

Actualmente, GFW busca anclarse en lo típico y no ser distinto, sino adoptar un prototipo basado en el entretenimiento muy similar a WWE. La clara prueba de ello es la poca decisión que tuvo la empresa por renovar a los Hardys, sus mayores estrellas, por el simple hecho de que estos no encajaban con la nueva forma de negocio que se buscaba plantear. Y yo no lo veo así. No, GFW debe buscar ser diferente, teniendo sus propias señas de identidad, y haciéndose notar entre las decenas de empresas que hay, pues sin contar con el mejor poder económico, y existiendo empresas con performers mucho mejores, ¿qué manera le queda de atraer la atención de los aficionados?


Todos coincidiréis conmigo en que el Broken Universe y los Hardys fueron lo mejor de TNA el año pasado, pues eran muy peculiares, no se tomaban en serio, y por ello nos encantaban. No pretendían solo innovar, sino sentirse ridículos a propósito, y gracias a ello, The Final Deletion fue uno de los mejores segmentos de 2016, ganando la atención que buscaban tanto de antiguos aficionados perdidos como de nuevos espectadores. Y esto no incumbe solo a los hermanos de Cameron, sino que la misma boda de Laurel Van Ness y Braxton Sutter, o la historia de Rosemary y Bram se basaron justamente en lo mismo: tramas atípicas, con enorme tintes ficcionales, pero sobre todo, originalidad. 


Impact Wrestling ya no cuenta con las leyendas de antaño, con los geniales performers de la década pasada, o con su envidiable división Knockout. Ahora, debe explorar otras sendas para hacerse notar ante tantas alternativas del mundillo, y el año pasado lo logró. Ya no están los Hardys ni, The Decay, pero el elemento fantástico no tiene por qué desvanecerse, pues Jarrett tiene bien claro hacia donde quiere virar la empresa, y no es por la falta de stables como los antes mencionados, ni por luchadores sin capacidad para personificar elementos surgidos de la fantasía.



Global Force Wrestling debería enseñarnos como el wrestling puede ser divertido, y no estoy hablando de un comedy wrestling continuo sin sitio para la seriedad. Hay espacio de sobra para los buenos workers y las historias "reales", pero la faceta de entretenimiento expuesta debe ser capaz de sobresalir, para que notemos cómo estamos viendo algo muy difícil de encontrar en otro lugar. Que sintamos la “magia” que solo podemos ver aquí, y más aún cuando el mayor exponente en su autodenominado entretenimiento deportivo es la gigante WWE. JJ ha transformado TNA en lo que intentaba que fuera su fracasado proyecto, anteponiendo un estilo de show rutinario en el que otras empresas le superan por goleada. Así que, ¿por qué no mostrar algo que apenas se ha hecho y que es complicado de ver actualmente? Impact bien puede tener problemas de distinta índole como los señalados anteriormente, pero no hay nada más fundamental para preexistir que exhibir la propia identidad, y con orgullo.

Quizás la empresa de Anthem haya salido de la asistencia vital, pero ahora le toca el turno de demostrar por qué merece la pena seguir sus programas semana a semana, y cuál es la razón de que los fans hayan permanecido a su lado cuando apenas le quedaba un soplo de vida, pues no solo con los seguidores veteranos logrará ser de nuevo la empresa que era antes.

Ahora que ha sobrevivido, le llega el momento de competir.


Víctor Turco